El concepto de envejecimiento, como ya lo hemos visto antes, se ha ido distorsionando cada vez más con el pasar del tiempo. No su concepto en sí, sino lo que pensamos acerca de él, siendo la mayoría de nuestra concepciones ideas preconcebidas especialmente perjudiciales.
Tom Kirkwood, en su libro El fin del envejecimiento (2000) explica que las dos actitudes que más han contribuido a generar distorsiones en nuestra comprensión del envejecimiento son el fatalismo y la discriminación por razones de edad.
Cuando habla de fatalismo se refiere al sometimiento inmediato de la persona a las limitaciones que el envejecimiento trae consigo, sobre todo aquellas relacionadas con el desgaste físico del cuerpo. La persona fatalista no lucha, no se enfrenta a los cambios que el cuerpo va experimentando, sino que los acepta de una manera negativa y empieza a crear una imagen deteriorada de sí mismo. Y lo que empeora un poco más la situación es que las personas que se supone deberían ayudar a cambiar esta concepción negativa también son fatalistas incluso sin darse cuenta. Muchos familiares, amigos, socios y hasta médicos tienen la costumbre de responder "Es parte del envejecimiento, no se puede hacer nada" ante estos cambios. Claro que el fatalismo tiene una base biológica, establecida (involuntariamente) por el naturalista August Weissman, quien buscaba explicar el por qué envejecemos. Para él, "la muerte se produce porque un tejido usado no puede renovarse a sí mismo". ¿Qué nos hace pensar esto? Pues que los tejidos se gastan sin remedio, lo que hace que los sistemas se gasten sin remedio y, por ende, que nosotros nos gastemos sin marcha atrás. Pues, pensando así, ¿quién quiere envejecer, no?
Por otro lado, tenemos la discriminación por razones de edad. Como cualquier otro tipo de discriminación, consiste en la depreciación de un determinado sextor de la población, en este caso de aquellos individuos que tienen una edad avanzada. La diferencia es que este tipo de discriminación no es tan obvia como, por ejemplo, el sexismo, el racismo o la homofobia. La discriminación por edad puede tener sus extremos de violencia, pero en la mayoría de casos es bastante sutil. Frases como "yo lo hago porque tú no puedes", "no le sirvas eso porque no le gusta", "¿cómo vas a permitir que tu abuela esté haciendo eso?" no son nada raras para nosotros. Y probablemente alguna vez hasta nosotros mismos las hemos dicho. Y es que de manera casi inconsciente hemos asociado envejecimiento con debilidad y dependencia física y, peor aún, con debilidad mental.

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